Sobre el muro | On the Wall

Teo Soriano | Rodríguez-Méndez | Guillermo Pfaff | Ian Waelder

L21 (Madrid) | 05.04 > 17.05.2014

 

Sobre el muro.

 

—Vamos. Serán ocho. Les gritarán: ¡Apunten! Y veré los ocho fusiles asestados contra mí. Pienso que querré meterme en el muro. Empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá como en las pesadillas. Todo esto puedo imaginármelo. ¡Ah! ¡Si supieras cómo puedo imaginármelo!

 

El Muro, Jean Paul Sartre

 

La historia del arte está repleta de rotundas alusiones al muro. El muro como elemento divisorio, por supuesto, pero también el muro como testigo de la memoria colectiva, del obstáculo físico y visual que supone y de la actitud frente a él. De la fina línea existente entre lo privado y lo público.

 

Velázquez, en una de sus dos vistas de la Villa Médicis pintó su arquitectura serliana tapiada con grandes tablones. Buena parte de la composición muestra ese detalle casi ruinoso y atípico en la pintura del momento. La información es limitada, los vanos cubiertos no permiten adivinar el aspecto majestuoso de la arquitectura y los jardines. Velázquez pinta de algún modo una tapia relegando la estampa inicial a un segundo plano. Hablando, más que del paisaje, de la decadencia y de la necesidad de tapar para crear cierta inquietud y curiosidad en el espectador. Ocultar ha sido hasta nuestros días el único modo de generar cierta inquietud en el espectador que en muchos casos no concibe la posibilidad de que tras el muro se esconda algo.

 

Manet pintó en 1867 la escena del fusilamiento del emperador Maximiliano I en México. Tras la escena de la ejecución, se representa la tapia sobre la que se agolpan los curiosos espectadores. De Goya a Auschwitz, el muro atrapa las balas que los cuerpos esquivan. Los disparos fallidos.  

El muro supone una construcción física y mental, así lo relata Kafka cuando escribe acerca del levantamiento de la muralla china. Un muro infinito, construido por infinitas generaciones para dar la vuelta a un imperio también infinito. Así lo verá Borges.

 

Esos muros fríos y húmedos de Salzsburgo que albergan el desprecio que Thomas Bernhard siente por su ciudad. Muros que en cualquier caso suponen un punto de partida para una propuesta en la que Teo Soriano, Rodríguez-Méndez, Guillermo Pfaff e Ian Waelder presentan una serie de trabajos en los que la obra es el resultado de esa reflexión en torno al paso del tiempo, a la superposición de estratos o a la reducción hasta su mínima expresión de una pintura que termina por mimetizarse con el plano sobre el que cuelga.

 

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Si tengo que hacer la historia de cómo se fue concretando en mí la conciencia de este poder evocador de las imágenes murales, he de remontarme muy lejos. Son recuerdos que vienen de mi adolescencia y de mi primera juventud encerrada entre los muros en que viví las guerras. Todo el drama que sufrían los adultos y todas las crueles fantasías de una edad que, en medio de tantas catástrofes parecía abandonada a sus propios impulsos, se dibujaban y quedaban inscritos a mí alrededor. Todos los muros de una ciudad, que por tradición familiar me parecía tan mía, fueron testigos de todos los martirios y de todos los retrasos inhumanos que eran infligidos a nuestro pueblo.

 

Antoni Tàpies, Comunicación sobre el muro

 

El muro es testigo de sucesos terribles, pero también de nuestras idas y venidas diarias. El muro oculta nuestra visión lateral cuando divagamos sin rumbo por las calles de algún lugar. El muro nos ha visto crecer y sobre ellos hemos dispuesto nuestros gritos ahogados, nuestro entretenimiento en forma de cartel, en forma de hendidura nuestras declaraciones de amor y odio. Ha sido el espacio público sobre el que hemos anotado las declaraciones más íntimas.

 

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Los segundos duraban como vidas enteras, y los minutos adquirían proporciones de siglos de dolor. Hasta que por fin llegamos ante una muralla de aspecto lastimero, y la señorita dijo: “Ve y acaricia ese muro. Es el muro de las preocupaciones. Se alzará siempre ante tus miradas, y sería absurdo de tu parte odiarlo. Ah, hay que intentar ablandar justamente lo rígido, lo irreconciliable. Anda y pruébalo.” Me acerqué al muro como impulsado por una prisa apasionada, y me arrojé a su pecho.

 

Jakob von Gunten, Robert Walser

 

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Teo Soriano (Mérida, 1963) plantea un trabajo en el que la pintura adquiere un tono grave, de profunda presencia pero que busca mimetizarse con el espacio. Presenta una instalación basada en diferentes objetos encontrados, prestando especial atención a los restos que el mar escupe. Maderas que el oleaje arranca a viejas embarcaciones o escombros arrojados que la marea devuelve a tierra firme. Estos trabajos de Soriano se caracterizan en muchos casos por su fuerte carga simbólica, por el sentido pictórico que ladera arriba –en un estudio claustrofóbico en sus dimensiones, pero que por un amplio ventanal se asoma al mar- cobran esos objetos que cada vez exigen de una menor intervención. El muro es aquí una idea abierta, una frontera frente al océano Atlántico que se rompe. Son restos de esa barrera que las olas quiebran y arrastran a la costa.

 

Guillermo Pfaff (Barcelona, 1976) busca una pintura antes de la pintura. En ocasiones, sus lienzos, previamente plegados, generan leves volúmenes y sombras que sugieren una primera intervención. Montadas sobre un soporte, desciframos a través su sus vaporosas telas la estructura, no sólo del objeto, sino del trabajo de Pfaff en profundidad. Acto seguido esboza tenues gestos en un lance casi matemático, cercano al cero en la pintura. Persigue el momento en que la pieza se configura por medio de esa sucesión de acciones contraídas, que muestran lo dificultoso de saber parar a tiempo, de no quedarse a medio camino. La de Guillermo Pfaff podría ser calificada de pintura de mínimos que mira con profundo respeto a sus influencias, que muestra una gran barrera entre el pintor y el lienzo.   

 

Ian Waelder (Madrid, 1993) bebe de la fotografía como necesidad. Sin el lastre de una intención plástica que a priori condicione su manera de disparar, echa mano de lo subcultural como medio en el que se desenvuelve como individuo. El riesgo del revelado, la posibilidad de que la imagen no se corresponda con lo pretendido y la forma despreocupada de tratar el soporte es la línea por la que este artista transita.

Inmerso en una búsqueda constante de las cicatrices que el pavimento y los muros de la ciudad soportan a diario, es en el skate en el plano en que encuentra una sucesión de marcas que se traducen en gestos que muestran un significado distinto en cada variante. 

 

Rodríguez-Méndez (As Neves, 1968) utiliza materias primas básicas y lenguajes con los que construir esculturas, instalaciones e intervenciones que inducen a la incorporeidad del material y la condición quebrantable de las obras en un juego de pérdidas y restituciones. El uso de cilindros, turba y aceite, el sonido, palabra y cuerpo como formas y materiales inasibles, como “geometrías” elementales que cuestionan y alteran el proceso de construcción, el término de una obra. Materiales y lenguajes en los que conviven simultáneamente la temporalidad y el error.

Para Sobre el muro, Rodríguez-Méndez trabajará en el espacio The Window. Su proyecto, basado fundamentalmente en los textos poéticos y en prosa del portugués Helberto Helder, parte de la apertura de ese espacio durante los cuarenta y tres días de la  exposición de tal modo que ésta se convierta durante ese tiempo en un lugar de reflexión y ejercicio para el artista. La acción mediante la cual se dará por iniciado el proceso relacional con la vitrina, tendrá lugar previamente y será durante la inauguración cuando se colocará el primer objeto en su interior. Sin medidas de seguridad que lo protejan, la posible sustracción se convierte en un factor a tener en cuenta y durante los cuarenta y tres días el espacio obligará a Rodríguez-Méndez a reponer su contenido sucesivamente. 

 

 

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On the wall

 

All right. There’ll be eight. Someone’ll holler “aim!” and I’ll see eight rifles looking at me. I’ll think how I’d like to get inside the wall, I’ll push against it with my back… with every ounce of strength I have, but the wall will stay, like in a nightmare. I can imagine all that. If you only knew how well I can imagine it.

The Wall, Jean Paul Sartre

 

 

Art History is full of direct allusions to the wall. The wall as a dividing element, of course, but also the wall as a witness of collective memory, of the physical and visual obstacle it entails and the attitude towards it. Of the thin existing line between the private and the public.

 

Velázquez, in one of his two visits to Villa Médicis, he painted it´s Serlian architecture walled with large boards. A large part of his composition shows an almost ruinous detail, atypical of the paintings of his time. The information is limited, the covered hollow spaces do not let us guess its majestic architecture or it´s gardens. Velázquez, somehow, painted a wallrelegating tothe background the initial stamp. Referencing, instead of the landscape, the decadence and the need to cover to instigate a certain inquisitiveness and curiosity to the viewer. Hiding has been, up to our days, the only mean to generate a certain curiosity to the viewer who, in many cases, does not conceive the possibility that something might be hidden behind the wall.

 

In 1867 Manet painted in 1867 the scene of the execution of Emperor Maximilian I in Mexico. Behind the main event, he painted a wall on top of which the curious spectators crowd together. From Goya to Auschwitz, the wall catches the bullets that the bodies dodge. The misfires.

 

The wall represents a physical and mental construction; that is how Kafka described it when he wrote about the construction of the Chinese Wall. An infinite wall, built by countless generations to turn around an, also infinite, imperium. This is how Borges saw it.

 

Those cold and damp walls of Salzburg that hosted the disdain that Thomas Bernhard felt for his city. Walls that, in any case, represent a starting point to this proposal in which Teo Soriano, Rodríguez-Méndez, Guillermo Pfaff and Ian Waelder present a series of works as a result of that reflection on the passage of time, the overlapping of layers or the reduction to it´s minimal expression of a painting which eventually merge with the plane on which it hangs.

 

It would take me very far back to tell the story of how I developed my consciousness of the evocative power of mural imagery. These are memories of my adolescence and early youth when I lived enclosed within four walls during the time of war. The suffering of the adults and all the cruel imaginings of my age, abandoned to its own impulses amid all the surrounding catastrophes, were drawn and etched all around me. All the walls of a city, which, by family tradition, seemed so mine, witnessed the martyrdom and the inhumane repression inflicted on our people.

 

A report on the wall, Antoni Tàpies

 

The wall witnesses terrible events, but also our daily comings and goings. The wall obscures our lateral vision when we wander aimlessly through the streets somewhere. The wall has seen us grow and, above it, we have put our suffocated cry, our entertainment in the form of a poster, as a groove of our love and hate declaration. It has been the public space where we have written our most intimate statements.

 

The seconds were like whole lifetimes, and the minutes took on the size of anguished centuries. Enough, at last we reached a mournful wall, the Fraulein said: "Go and fondle the wall. It is the Wall of Worries. It will always stand before your eyes, and you'll be unwise to hate it. Ah, one must simply know how to avoid rigidity and whatever yields to no conciliation. Go and try it." I went quickly, as if in a passionate hurry, up to the wall and flung myself against its breast.

Jakob Von Gunten, Robert Walser



 

Teo Soriano (Mérida, 1963) proposes a work in which painting takes on a serious tone, of deep presence but that seeks to mimic with its surrounding space. He presents an installation based on different found objects, specially focusing on the pieces that the sea spits. Pieces of wood that the waves tear from old boats or debris that the tide returns to the mainland. These works by Soriano are characterized by their strong symbolic charge, by the pictorial sense that, up the hill, - in a studio, claustrophobic in its dimensions, but that one can see the sea through its big window – these objects acquire, requiring less intervention. The wall is here an open idea, a frontier towards the Atlantic ocean that is broken. Pieces of that wall that the waves break and bring to the coast.

 

Guillermo Pfaff (Barcelona, 1976) seeks for a painting before the painting. In some cases, his canvasses, previously folded, generate subtle volumes and shadows that suggest an initial intervention. Mounted onto a support, we decipher their structure through their sheer fabrics, not only of the object, but of Pfaff´s work as well, in depth. Afterwards, he outlines soft gestures in an almost mathematical set, close to grade zero in painting. He chases the moment in which the piece is configured through this succession of contracted actions, that show the difficulties of knowing when to stop in time, of not staying halfway. Guillermo Pfaff´s painting could be described as a painting of minimums that looks with profound respect to its influences; that shows a big barrier between the painter and the canvas.

 

Ian Waelder (Madrid, 1993) sees photography as a need.  Without the burden of a plastic intention that could condition, a priori, his way of shooting, he uses the subcultural as a medium where he operates as individual. The risks in the development process, the possibility that the image may not correspond to what he intended and his carefree way of treating the support is the area where his practice lives. Immersed in a constant seek of the scars found in the pavement and the walls, is in skateboarding in the plane where he finds a series of marks that are translated into gestures which show a different meaning on each variant.

 

Rodríguez-Méndez (As Neves, 1968) uses basic raw materials and languages to build sculptures, installations and interventions that induce to the incorporeality of the material and the breakable condition of the works in a game of losses and restitutions. The use of cylinders, peat and oil, the sound, word and body as intangible forms and materials, as elementary “geometries” that question and alter the building and finishing process of a work. Materials and languages in which temporality and failure coexist.

For On the Wall, Rodríguez-Méndez will work in the space of The Window. His project, based fundamentally in the poetry and prose of the Portuguese Helberto Helder, starts from opening this space during the forty-three days of the duration of the exhibition so that, during this time, the space becomes an exercise of reflection for the artist. The action, that starts this relational process with the vitrine, will take place before the opening of the show and, in the private view, he will place the first object in its interior. Without taking any security measures that would protect it, the possibility of theft becomes a factor to take onto account and, during the forty-three days the space will force the artist to replace its content successively.

 

 


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