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HE DECIDIDO HABLAR DE MEMORIA

 

He sido testigo de cómo un grupo de artistas se ha reunido durante meses y han compartido opiniones alrededor de las mesas de sus diferentes estudios en la ciudad de São Paulo. Me he visto inmerso en un proceso asambleario que ha desembocado en esta exposición y he entendido que en ocasiones una intención no necesita más que el deseo de salir adelante. Por eso he preferido participar como uno más, aportando lo que creo sé hacer. Me hablaron de este edificio, un lugar al que será la primera vez que entre, pero que he observado desde la calle en múltiples ocasiones, mientras me dirigía a alguna conferencia en la Facultad de Bellas Artes o de camino al estudio de algún artista en la Casa de Velázquez. Sin duda este lugar alimentaba mi idea preconcebida de lo que debía de ser Brasil; una idea que resultó ser cierta a medias. Pronto descubrí que esta exposición era fruto de una intención y de una necesidad a partes iguales y cada uno de los y las artistas que ocupan esta casa ahora, la ocupan también como ciudadanos de un país que entienden los necesita. Pensé inicialmente en un texto que narrase la historia de esta casa, construida tras la visita del presidente Juscelino Kubitschek a Madrid en 1956 y a petición de los estudiantes brasileiros que residían temporalmente en la capital de este país doblegado y destruido por aquel entonces. Era inevitable pensar en esta ciudad universitaria, en su construcción, inaugurada antes como campo de batalla para la guerra, que como templo de la inteligencia. Entendí que aquello era un hecho significativo y que sin duda había marcado para siempre este territorio. Aquí se resistió durante más de una semana el primer intento de la invasión rebelde de Madrid. Aquí, a escasos mil metros, resistió el Puente de los Franceses y a escasos quinientos cayó muerto Buenaventura Durruti, el anarquista. Aquí, en 1965, José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo fueron “expulsados a perpetuidad” de la cátedra que ocupaban y que sólo pudieron recuperar en 1976. Aquí, en una de mis visitas a la Facultad de Bellas Artes, pude conocer en persona a Basilio Martín Patino, en proceso ya de perder la memoria, y volví a casa con una de las mayores sensaciones de desasosiego que he sentido jamás. Y no aquí, pero sí en el Paraninfo de la Facultad de Filología de la Calle San Bernardo, en 1932, se presentaba La Barraca, dirigida por Federico García Lorca y que llevó por lugares remotos el teatro de Cervantes, Lope, Tirso y Calderón. A Lorca, esa y otras decisiones le costaron caras y fue asesinado en 1936. Y lejos, en otro Paraninfo, ni dos meses después del asesinato de Lorca, Miguel de Unamuno salió a empujones y bajo los gritos de los fascistas: ¡Viva la Muerte! ¡Mueran los intelectuales!, tras haberse rebelado contra el general Millán Astray. He recorrido decenas de veces la carretera que cruza el frente de esta casa, y lo he hecho en dirección a la mía, o en dirección a esta ciudad, que ha abierto siempre sus puertas. Ahora intento establecer una serie de correspondencias entre aquí y allá, entre este edificio situado en un enclave tan fuertemente connotado y lo que por principios ha de representar. Una universidad es siempre un campo de batalla, como así lo demuestran las pintadas que en el campus de la Universidad de São Paulo exigen la prohibición del acceso al ejército y la policía. Una universidad es una isla que ha de emitir un mensaje que pueda oírse en todos los territorios que la rodean. Una isla de fácil acceso a la persuasión y de aguas embravecidas para la fuerza bruta. Por eso hoy, que la inteligencia amenaza aquí y allá con dejar paso a la muerte y al olvido, he decidido hablar de memoria.           

 


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DECIDI FALAR SOBRE MEMÓRIA

 

Tive a chance de presenciar de perto os encontros de um grupo de artistas que se reuniu durante meses para trocar opiniões em seus ateliês na cidade de São Paulo. Vi-me imerso em um processo que desencadeou nesta exposição e entendi que em algumas situações uma intenção não precisa de nada além do desejo de seguir em frente. Por isso, preferi participar do projeto como mais um integrante do grupo contribuindo com o que creio que sei fazer. Contaram-me sobre este edifício, um lugar onde entraria pela primeira vez agora, mas que sempre havia observado em diversas ocasiões enquanto me dirigia a alguma conferência na Faculdade de Belas Artes, ou a caminho do ateliê de algum artista na Casa de Velázquez. Não há dúvidas de que este lugar alimentava meu imaginário sobre o que deveria ser o Brasil; imaginário este que estava correto só até certo ponto. Rapidamente descobri que esta exposição era fruto de uma intenção e uma necessidade e que cada um dos artistas que ocupam esta casa agora, a ocupam também como cidadãos de um país que, como eles entendem, precisa deles. Pensei inicialmente em um texto que narrasse a história desta casa. O edifício foi construído na ocasião da visita do presidente JK a Madrid em 1956 e a pedido dos estudantes brasileiros que viviam temporariamente na capital deste país que, naquele momento, encontrava-se curvado e destruído. Era inevitável pensar que a cidade universitária, onde a casa se encontra, foi construída inicialmente como campo de batalha para a guerra antes de ser pensada como templo do conhecimento. Entendi que este prédio foi um feito significativo e, sem dúvida, havia marcado para sempre este território. Aqui resistiram, durante mais de uma semana, à primeira tentativa de invasão rebelde de Madrid. A escassos mil metros daqui resistiu o Puente de los Franceses; e a escassos quinhentos metros daqui caiu morto o anarquista Buenaventura Durruti. Aqui, em 1965, José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván e Agustín García Calvo foram expulsos da cadeira que ocupavam na Universidade e só puderam recuperá-la em 1976. Aqui, em uma das minhas visitas à Faculdade de Belas Artes, pude conhecer pessoalmente Basilio Martín Patino, já em processo avançado de perda de memória, e voltei para casa com uma sensação de desassossego que jamais havia sentido. E não aqui, mas no Auditório da Faculdade de Filologia da Rua San Bernardo, em 1932, era apresentada La Barraca, companhia dirigida por Federico Garcia Lorca, que levou o teatro de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina e Calderón de la Barca a lugares remotos. A Lorca, esta e outras decisões lhe custaram caro e ele foi assassinado em 1936. Mais distante, em outro auditório, menos de dois meses depois do assassinato de Lorca, Miguel de Unamuno foi expulso sob empurrões e gritos dos fascistas: Viva a Morte! Morte aos intelectuais!, por ter se rebelado contra o general Millán Astray. Passei diversas vezes pela estrada que fica diante desta casa em direção à minha própria casa, ou em direção a esta cidade, cujas portas sempre estiveram abertas. Hoje tento estabelecer uma série de relações entre este edifício, situado em um ponto chave tão cheio de significados, e o que ele deve, por princípio, representar. Uma universidade é sempre um campo de batalha – como se pode notar, por exemplo, nas frases de protestos contra a presença do exército e da polícia pichadas nas paredes da Universidade de São Paulo. Uma universidade é uma ilha que emite uma mensagem para ser ouvida em todos os territórios que a cercam. Uma ilha de fácil acesso à argumentação, porém com águas turbulentas à força bruta. Por isso hoje, que o conhecimento ameaça – aqui e em qualquer lugar – a morte e o esquecimento, eu decidi falar sobre memória.

 


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